You’re Overreacting...
Hace tiempo que experimento pensamientos de total malparidez.
Es una pérdida de esperanza,
o quizás ese dolor en el pecho que surge
al presenciar actos de absoluta belleza o pura maldad que te aterrizan abruptamente a la realidad presente haciéndote sentir pequeño.
“Momentos humildes”, he escuchado que les llaman.
Lo que quiero describir, para explicarme mejor,
es que cada vez que me expreso,
siento un constante látigo de otro,
quien me dice que lo que siento no es válido.
Que estoy exagerando.
Cuando fui a la bahía más linda del Pacífico,
bajo el perfecto clima de finales de diciembre,
y al caminar por la orilla de una playa rocosa,
se me entró un suspiro—que vino divinamente,
porque no existe otra manera en que se te quite el aliento—.
Cuando, a lo lejos, muy lejos,
alcancé a ver el coleteo de una ballena,
y la arena, y los niños en la playa,
el restaurante con la comida más rica sacada del mar,
y de mi boca salió un:
"Qué privilegio estar vivos, qué bendición ver todo esto junto, en vivo, a la misma vez.
Disfrutar un trago en la más perfecta combinación de selva y agua…
No todo el mundo puede disfrutar esto."
Siendo yo una joven de simple pasado,
de una hermosa y humilde montaña,
criada con cero privilegio,
quien, al contrario, tuvo que agarrarse con las uñas
para arañar la posibilidad de educarse, de salir, de explorar.
Siendo yo esa,
quien conocía la lucha constante de sobrevivir el centavo cada día…
¿Exageraba al asombrarme de lo simple de unas vacaciones a la orilla del mar?
Siento ese mismo látigo
cuando la indolencia de toda una nación,
bajo la cara del nacionalismo,
le da la espalda a una lucha histórica
de unión, diversidad, empoderamiento y progreso.
Cuando, disfrazados de protección paternalista,
convencen a ciudades enteras de odiar al otro,
quien vive, comparte, respira el mismitico aire,
pero bajo un color de piel diferente.
Cuando generalizan un par de oportunistas criminales,
escondidos entre el resto,
quienes llegaron huyendo de dictaduras y esclavitud,
para tener el derecho a trabajar,
a alimentar a su familia,
el privilegio de pagar con gusto sus impuestos
en la tierra que prometía “leche y miel”.
No, no lo puedo decir.
Cuando lo dije, recibí el látigo nuevamente.
Que estoy exagerando.
Que tampoco es así.
Que me estoy yendo al extremo
por siquiera concebir el pensar que se están cometiendo injusticias.
¿Seré yo una mujer que no tiene filtro?
¿Estoy exagerando?
¿Es el hecho de ser mujer y quejarme a la vez un poco demasiado?
A nadie le gusta escuchar una mujer bonita quejarse.
Estos últimos días de incertidumbre,
cuando al expresarme viene un hombre a decirme
que no es cierto todo lo que leo, escucho y veo,
elijo escribir.
Que resistan conmigo
los que al escuchar un pianista lloran de emoción.
Que resistan conmigo
los que salen a las montañas,
y al ver el amanecer con ropa sucia,
se dan cuenta de que las marquillas en la ropa son lo de menos
y se sienten demasiado pequeños
cuando el valle los rodea.
Que resista conmigo
quien no tiene voz, pero sí las palabras,
y se hace oír a través de un graffiti.
Que resista conmigo
la mujer que se elige a ella y sus derechos
por encima de un discurso machista
y le prive del privilegio de votar por otra mujer, de ser amiga de otras mujeres, y de vivir y experimentar su ejercicio democrático (que es simplemente el libre albedrío),
que nos diferencia de los animales
Que no mueran los soñadores, los artistas y los artesanos
que vayan por el mundo y sus diferentes soberanías
a intentar crecer
si es que en su país no se les dejó avanzar.
El derecho universal a la libre movilidad.
Que nunca se nos quite el derecho a ser escuchadas.
Que no cuestionen nuestras declaraciones
y nuestras demostraciones de amor o repulsión.
Y que no se nos pregunte si estamos seguras
o si hablamos desde el calor de un momento hormonal.
Ningún hombre, nunca,
fue cuestionado de esa manera.
Por eso, escribo.
Porque la voz que incomoda es la que más necesitan oír.
Porque lo que duele, lo que indigna,
lo que maravilla hasta dejar sin aliento,
no se puede callar.
Que resistan las palabras que nacen del pecho,
aunque les llamen exageración.
Que resistan quienes ven y sienten,
aunque les digan que exageran.
Porque lo que nos mueve,
lo que nos sacude,
lo que nos hace humanos,
jamás debe ser silenciado.

